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Clonando ciudades: La extinción del bar castizo y la arquitectura de franquicia

  • 17 may
  • 4 min de lectura

Hace apenas un mes, leíamos un artículo en prensa bajo un titular que nos hizo detenernos: "¿Adiós al zurito en Bilbao?: Parece que están intentando acabar con el poteo". Esta lectura nos llevó a preguntarnos qué está pasando realmente en nuestros locales para que algo tan arraigado y característico como nuestro zurito esté muriendo lentamente. Y la respuesta, o al menos gran parte de ella, no está solo en lo que nos sirven, sino en el entorno donde nos lo sirven. La pérdida de estas costumbres está íntimamente ligada a la arquitectura y al diseño de los espacios; a cómo la transformación física de nuestros bares está alterando nuestra forma de relacionarnos en ellos.


taberna tradicional

Cuando hablamos del impacto del turismo y de la arquitectura contemporánea en nuestras calles, es inevitable que el primer pensamiento del ciudadano vuele hacia la crisis habitacional. Y es lógico. La vivienda es un tema mayúsculo, de vital importancia, y prometemos dedicarle el análisis exhaustivo que merece en una futura publicación. Pero hoy queremos bajar la vista de los balcones y fijarnos en lo que ocurre a pie de calle, en los bajos comerciales. Hoy vamos a hablar de los bares.

Nuestras ciudades están sufriendo una mutación arquitectónica y social silenciosa pero implacable. Estamos asistiendo a la lenta desaparición del bar castizo, el de toda la vida.


De la tasca con identidad al "corta y pega" global


Durante décadas, el bar en España no era solo un lugar de consumo; era una extensión del salón de casa, un ancla sociológica. Daba igual si hablábamos de una taberna con azulejos en el Madrid de los Austrias o de un txoko o taberna tradicional en el corazón del País Vasco. Cada lugar respiraba la identidad de su barrio, de su clima y de su gente.

Sin embargo, el paisaje urbano actual dicta otra norma. Hoy, te puedes tomar un café de especialidad sentado en una silla de metal estilo industrial bajo una bombilla de filamento en Madrid, y sentir que estás en el mismo local si te teletransportas a Londres, a Berlín o a cualquier otra ciudad del mundo. El turismo masivo y la gentrificación comercial han provocado una homogeneización brutal.

Hemos pasado a tener exactamente los mismos bares en Madrid que en el resto de España. Y, para más inri, ni siquiera estamos creando tendencia: lo que hacemos es copiar lo que ya ha funcionado en otros lugares. Vamos a rebufo. Importamos estéticas clónicas (paredes de ladrillo visto, neones con frases motivacionales, cartas con aguacate y pan brioche) que borran de un plumazo la arquitectura tradicional de nuestros locales comerciales.


Los datos detrás de la extinción


Esta percepción de pérdida de identidad no es simple nostalgia; los datos la respaldan. Si acudimos a las cifras, la radiografía es clara.

Según el Anuario de la Hostelería de España elaborado por Hostelería de España, nuestro país es una potencia absoluta en el sector, aportando más del 4,8% al PIB nacional y rozando los 1,8 millones de trabajadores en temporada alta. Tenemos una media apabullante de 431 bares por cada 100.000 habitantes (unas cinco veces más que colegios, según análisis de datos cruzados del INE). En total, el sector aglutina más de 318.000 establecimientos.

Pero aquí viene la letra pequeña: aunque la facturación global de la hostelería crece, el Anuario lleva años advirtiendo de una tendencia estructural. El número de bares tradicionales (el epígrafe de "Establecimientos de Bebidas") lleva años en paulatino descenso, mientras que suben las cadenas de restauración, las franquicias y los locales de nicho enfocados al turista. Se destruye el comercio independiente y local para dar paso al modelo de inversión.


El impacto en el ciudadano


Esta "arquitectura del turismo" expulsa al residente de dos maneras. Primero, físicamente: el bar deja de ser un lugar de encuentro vecinal para convertirse en una zona de paso para visitantes, con precios inaccesibles para el ciudadano medio. Segundo, emocionalmente: el barrio pierde su anclaje visual y cultural.

El impacto de la arquitectura de nuestros bares es el reflejo del modelo de ciudad que estamos construyendo: un escaparate globalizado, bonito para la foto de Instagram, pero cada vez más vacío de la esencia que lo hizo atractivo en primer lugar.


Nuestra Visión: Arquitectura primero para el ciudadano, y después para el algoritmo


Para cerrar esta reflexión, queremos dejar clara nuestra postura: la cuestión no es negarse a la modernización de los espacios. Sería absurdo y contraproducente. El reto arquitectónico y estratégico radica en modernizarlos manteniendo intacto su carácter. Necesitamos, hoy más que nunca, proyectar espacios pensados para los ciudadanos, que reflejen lo que somos como sociedad y, sobre todo, que no olviden lo que hemos sido. Para que el turismo que genera una ciudad sea realmente sostenible, es indispensable que las ciudades se piensen y se diseñen, ante todo, desde la perspectiva del ciudadano que "utiliza" y vive la ciudad a diario. Y para lograrlo, el interior de un bar nunca puede ser el copy-paste del bar del vecino, ni del de la ciudad de al lado, y muchísimo menos del de una ciudad que está a 10.000 kilómetros de distancia. La verdadera vanguardia está en la autenticidad, no en la réplica.

 
 
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